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Gustavo Rivas, es reconocido por el IICA como “Líder de la ruralidad”

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Adaptado de la página del IICA

Gustavo Rivas, el Guatemalteco que dedicó su vida a producir alimentos y a valorizar el trabajo de los agricultores familiares, es reconocido por el IICA como “Líder de la ruralidad”

San José, 8 de agosto de 2022 (IICA) – Con toda su vida dedicada mejorar la agricultura de Guatemala, como productor, gestor de proyectos en el Estado, trabajador de empresas privadas y dirigente de una asociación que busca profesionalizar la labor de quienes habitan en el campo, Gustavo Rivas fue reconocido como uno de las “Líderes de la Ruralidad” de las Américas por el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA).

El premio, denominado “Alma de la Ruralidad”, es parte de una iniciativa del organismo especializado en desarrollo agropecuario y rural para reconocer a hombres y mujeres que dejan huella y hacen la diferencia en el campo del continente americano, clave para la seguridad alimentaria y nutricional y la sostenibilidad ambiental del planeta.

Fue uno de los fundadores de la Asociación Nacional de Granos Básicos (ANAGRAB), que reúne no sólo a pequeños agricultores sino también a quienes producen en grandes extensiones maíz, frijol, arroz y el resto de los alimentos que cada día están en la mesa de los guatemaltecos y las guatemaltecas.

 

Rivas nació en una familia campesina de once hermanos. Con notable esfuerzo propio y de sus padres, pudo estudiar, llegar a la universidad y graduarse como ingeniero agrónomo mientras realizaba las tareas rurales junto a su familia. Siempre supo que, para enfrentar los problemas comunes, lograr mejores condiciones de trabajo y obtener precios más acordes al sacrificio que realizan cotidianamente, los agricultores debían asociarse.

Así, participó en proyectos para llevar directamente los alimentos de los productores a los consumidores y en 2013 fue uno de los fundadores de la Asociación Nacional de Granos Básicos (ANAGRAB), que reúne no sólo a pequeños agricultores sino también a quienes producen en grandes extensiones maíz, frijol, arroz y el resto de los alimentos que cada día están en la mesa de los guatemaltecos y las guatemaltecas. Hoy es presidente y representante legal de ANAGRAB.

El Premio Líderes de la Ruralidad es un reconocimiento para quienes cumplen un doble papel irremplazable: ser garantes de la seguridad alimentaria y nutricional y al mismo tiempo guardianes de la biodiversidad del planeta a través de la producción en cualquier circunstancia. El reconocimiento, además, tiene la función de destacar la capacidad de impulsar ejemplos positivos para las zonas rurales de la región.

Gustavo Rivas, el hombre que eligió la agricultura desde la cuna

Nacido en el campo, en una familia de agricultores con 11 hijos, Gustavo Rivas vuelve a elegir cada día la producción de alimentos. 

Era un bebé de pocos días de vida cuando sus padres, que habían trabajado en distintas partes de Guatemala, se instalaron en el municipio de San Andrés Villa Seca, en la costa sur del país centroamericano. Allí, en una zona conocida por su producción de maíz, sus padres recibieron 20 hectáreas de tierra a través de un programa con el que el gobierno guatemalteco, por medio del Instituto Nacional de Transformación Agraria (INTA), promovía la radicación de familias campesinas en zonas rurales.

Esa tierra familiar, en el llamado Parcelamiento La Máquina, es donde Gustavo comenzó a aprender los secretos de la agricultura cuando era un niño y donde hoy sigue produciendo. En estos años ha recorrido un camino largo, en el que estudió, se capacitó, consiguió salir de la pobreza y ha mantenido un compromiso inalterable a favor de un reconocimiento justo para el esfuerzo de los pequeños agricultores que aseguran que los alimentos lleguen cada día a la mesa de los guatemaltecos y las guatemaltecas.

Hoy Gustavo es el presidente y representante legal de la Asociación Nacional de Granos Básicos (ANAGRAB), de Guatemala, que desde 2013 agrupa a productores agrícolas pequeños, medianos y grandes, en el entendimiento de que, más allá de la extensión de tierra y de la escala de producción, todos los agricultores enfrentan problemas parecidos. “Trabajamos –cuenta- para dignificar el trabajo del productor de granos”.

Con la ayuda del IICA, además, ha realizado útiles capacitaciones en buenas prácticas de comercialización asociativa. Y a través de jornadas de capacitación en temas de costos de producción, de transporte y de comercialización, ha ayudado a muchos agricultores que no sabían cómo calcularlos. También ha enseñado a hacer mezclas entre fertilizantes químicos y orgánicos y logramos reducir el uso de los primeros en casi un 50%, sin afectar el rendimiento.

Una vida de amor a la tierra

“Mi padre fue agricultor toda su vida. Trabajó durante muchos años en la United Fruit Company, la multinacional productora de bananos y otras frutas, primero en el norte de Guatemala y luego en la costa sur. Mi madre se dedicaba a las tareas domésticas y a cuidar de los hijos. Cuando la United Fruit finalizó sus operaciones en Guatemala, buscaron dónde radicarse y consiguieron tierra en el Parcelamiento La Máquina, al que llegué con 11 días de vida”, relata Gustavo.

“Así –continúa- mis hermanos y yo crecimos en la unidad productiva. Se sembraba maíz, frijol, chiles y yucas y también se hacía ganadería vacuna. En el campo, desde muy niño uno se involucra en todos los procesos productivos y aprende a hacer agricultura”.

Los agricultores familiares sostienen la seguridad alimentaria del pueblo guatemalteco, que se nutre básicamente de maíz, frijoles y, en menor medida, arroz. Con harina de maíz se cocinan las tortillas que comen todos los días los trabajadores y campesinos.

“Uno de los objetivos de mis padres, que eran analfabetos, fue dar estudio a sus once hijos, porque pensaban que la educación era importante para tener una vida mejor. Una vez que terminé la escuela primaria, como cerca del Parcelamiento no había secundarias, tuve que ir a la ciudad de Quetzaltenango, donde hoy vivo. Allí estudiaba de lunes a viernes y el fin de semana volvía al Parcelamiento”, recuerda Gustavo.

Después de graduarse como perito contador, siguió estudiando, pero sin alejarse de sus tareas en la producción agrícola. En la Universidad de San Carlos de Guatemala, la más antigua del país, con sedes en todos los departamentos del territorio, se recibió de ingeniero agrónomo.

Enseguida comenzó a trabajar para el ministerio de Agricultura, en un proyecto de siembra de hortalizas de clima frío para mercados locales, en el área de San Marcos.

“Veíamos –recuerda- que había que hacer algo distinto, porque con lo que se venía haciendo la gente no iba a salir de la pobreza. Normalmente, los programas regalaban semillas, pesticidas o abono a los agricultores. Si bien eso los ayudaba, no era una táctica sostenible en el tiempo, porque apenas apuntaba a la supervivencia de la gente, pero no generaba desarrollo en las poblaciones. Entonces empezamos a hacer comercio asociativo, promoviendo la siembra de cantidades considerables e instalando mini ferias del agricultor.

En el Ministerio conseguíamos el transporte para llevar la cosecha a la Ciudad de Guatemala y venderla en las distintas colonias. El proyecto funcionó, porque consiguió mejores precios para los consumidores, al tiempo que mejoraba los ingresos de los agricultores”.

La experiencia de Gustavo es amplísima tanto en el campo como en los escritorios, en el sector público y en el sector privado. Sin dejar nunca la producción de alimentos en la tierra que pertenecía a sus padres, fue Representante ante el Consejo Nacional de Desarrollo Agropecuario (CONADEA) que surgió con los acuerdos de paz que pusieron fin a años de guerra civil en Guatemala, y trabajó en la Dirección General de Servicios Agrícolas (DIGESA).

Más tarde, su trayectoria hizo que lo llamaran de compañías dedicadas a la producción y venta de alimentos congelados, donde trabajó en el combate a las plagas, a través del manejo y uso de pesticidas.

Cuando dejó su trabajo en la última empresa, Gustavo volcó su experiencia en la agricultura para contribuir a mejorar el trabajo y la calidad de vida de los productores de alimentos.

“Empezamos a crear organizaciones base de agricultores. Tuvimos la idea de formar asociaciones regionales de productores de granos y luego la nacional. El objetivo ha sido encontrar alternativas de solución viables a todos los problemas. Sólo la asociación brinda a los agricultores acceso a financiación y a mercados que pagan lo que realmente debe pagarse por los alimentos”, reflexiona.

“En talleres del IICA –dice- con agricultores de todo el país comprobamos que los problemas del sector productivo son los mismos para todos: falta de recursos, cambio climático, contrabando, altos precios de los insumos”.

Los logros de ANAGRAB han sido muchos. Con nuevas variedades de maíz y análisis de suelos que permitieron usar fertilizantes más adecuados, logró mejorar los rendimientos. También ha enviado jóvenes a capacitarse al exterior, en la práctica y la teoría de la agricultura.

Con la ayuda del IICA, además, ha realizado útiles capacitaciones en buenas prácticas de comercialización asociativa. Y a través de jornadas de capacitación en temas de costos de producción, de transporte y de comercialización, ha ayudado a muchos agricultores que no sabían cómo calcularlos. También ha enseñado a hacer mezclas entre fertilizantes químicos y orgánicos y logramos reducir el uso de los primeros en casi un 50%, sin afectar el rendimiento.

“La gente de ciudad muchas veces quiere solo alimentos a precios baratos y no sabe del sacrificio que hacen los agricultores. Por eso estamos trabajando para crear conciencia en la población urbana. En la pandemia se pudo ver la importancia de la tarea de los agricultores familiares, que no frenaron nunca la producción”, asegura Gustavo.

Un tema crítico es el de la migración de los jóvenes. Pero Gustavo cree que no es una realidad irreversible: “Para frenar la migración tiene que haber estrategias reales de desarrollo de parte de los gobiernos, no programas de subsidios o regalos, que no sacan de penas al agricultor.

En todas las organizaciones detectamos jóvenes con interés en la agricultura. Y creemos que, aun quienes al principio parecen no atraídos por la producción de alimentos, pueden involucrarse a través de las nuevas tecnologías. Muchos jóvenes se van a Estados Unidos porque los costos de producción de las materias primas han estado por debajo de los costos de producción, especialmente luego de la subida de precios de fertilizantes. La agricultura tiene que seguir renovándose para atraer a los jóvenes. Yo les digo que en el campo tienen oportunidades porque en nuestros territorios existe el potencial para salir adelante, si trabajamos asociadamente y de manera colectiva. Nadie puede tener éxito solo”.

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